AÑÚ

Etnia indígena ubicada en el hoy estado Zulia y también conocida como Paraujanos. Se ha establecido antropolingüísticamente que son descendientes directos de la gran familia lingüística arawak, quienes se caracterizaron por ser guerreros, apegados a la labor del campo, a la recolección de frutos y a la pesca. De esa familia, provienen las etnias wayuu (V.) o guajira, y añú o paraujana, quienes, aunque parientes cercanos histórica y culturalmente, mantienen su propio perfil filosófico sobre la realidad del mundo y de la vida. La etnia añú, cuya cultura ha traspuesto ya el umbral de la extinción, tenía su población más numerosa en la Laguna de Sinamaica, específicamente en las localidades palafíticas de El Barro, Boca de Caño, Caño Morita, La Boquita, Zanzíbar y Sinamaica; y en Santa Rosa, barrio del norte de Maracaibo, y en Nazareth, barrio de El Moján, donde sobreviven miembros de esta etnia. Es bueno aclarar que toda la población citada constituye un grupo de descendientes criollizados que, en su inmensa mayoría, han perdido el conocimiento de la lengua añú, y que los pocos hablantes que de ella existen no la usan en público por razones de vergüenza étnica. Según Marie Frances Patte (1986), los hablantes de la lengua se denominan añú, llamándose igualmente al idioma hablado, pero esta investigadora no encontró más de doce hablantes en 1973. La lengua añú es de filiación arawak, igual que el wayuu, baniva, wapishana, hiwi, curripaco y otros. Los añú han recibido también la denominación de paraujanos, voz que parece provenir del wayuu y tener sentido despectivo. Tal denominación aparece también en la literatura como parauhano, parauxano, paraokan, parawgwan y otros. El ambiente dentro del cual se desenvuelven los añú, en líneas generales, es privilegiado, pues la Laguna de Sinamaica, a la cual se accede navegando por el río Limón, es un hermoso espejo de aguas rodeado por una vegetación de manglares siempre verdes, alimentada por ríos bordeados de vegetación de galería donde es posible encontrar diversas especies de fauna sobre las cuales se practica la caza. En la laguna encontraron los añú los materiales necesarios para alimentarse y fabricar su vivienda. La pesca solía ser abundante y tanto el mangle como la enea y otras especies vegetales útiles crecen en el entorno. Las primeras noticias que se tienen de este grupo, antropológicamente poco documentado, provienen sin embargo de los primeros días de la Conquista. Recuérdese que en 1499 cuando Alonso de Ojeda exploró el Lago de Maracaibo, quedó impresionado con las viviendas palafíticas de los naturales de la región, que no eran más que los antepasados de los actuales añú, quienes recibieron de los cronistas diversos nombres: zaparas, toas, aliles, cinamaicas, alcoholados y otros. Alfínger los menciona a las riberas del río Macomiti, el actual Limón, con el nombre de onotos, por la costumbre de pintarse el cuerpo con onoto (bixa orellana). Aunque ofrecieron una ruda resistencia a los invasores peninsulares estuvieron bajo la autoridad de éstos desde los primeros tiempos de la Conquista y ello debido al hecho de vivir en zonas de fácil acceso. Según afirma Julio Salas, en 1607 el cacique Nigale fue capturado por las autoridades españolas, como castigo por su resistencia, y los zaparas destruidos. El rasgo más característico de su cultura que han conservado es la vivienda palafítica. Ella representa la solución más apropiada al medio y al clima, pues utiliza los materiales más abundantes en el entorno a la vez que satisface la necesidad de protección contra la intemperie y, de manera especial, de las plagas de mosquitos y jejenes que pululan en el exuberante ambiente lagunar. El palafito está construido dentro del agua y a una distancia de la orilla que puede ser variable, pero siempre en lugares cuya profundidad sea cercana a un metro; el armazón es de mangle (rizophora mangle), el piso de varas del mismo material, colocadas una al lado de la otra para formar una plataforma; el techo a dos aguas y las paredes cubiertas de enea (typha latifolia). La habitación propiamente dicha, común-mente compuesta de un solo ambiente, ocupa una parte de la plataforma, en el resto del espacio, y sobre una base de arcilla endurecida, se cuecen los alimentos. Con el paso del tiempo este tipo de vivienda ha sufrido algunos cambios: desde la introducción del coco en la región, los horcones que se hincan en el fondo de las aguas para sostenerla, se construyen del tronco del coco, el techo se cubre con palmas de la misma planta y en períodos más recientes, se observa como el cemento, las tablas y el zinc, intervienen más y más en la construcción del palafito. Oviedo y Baños dice que estos aborígenes no sembraban, sino que se dedicaban a la pesca con redes y anzuelos, que peleaban con flechas y macanas y se comunicaban dentro de los poblados palafíticos utilizando canoas. Modernamente hasta han empleado veleros para practicar la pesca artesanal a todo lo largo de la costa occidental del Lago de Maracaibo. También utilizan la sal de las salinas cercanas, para salar el pescado que venden en las poblaciones vecinas; igualmente utilizan el coco para la fabricación de aceite, producto que como la fruta misma del coco, venden a sus vecinos. Las referencias históricas indican que no constituían una sociedad estratificada sino que las diferencias estaban determinadas por la edad y el sexo, dividiéndose el trabajo dentro de la familia nuclear a partir de estas diferencias. Se practicaba la poligamia de manera generalizada, ejerciendo la primera esposa autoridad sobre las subsiguientes. Tampoco se conoce mu-cho sobre las prácticas mágico-religiosas, pero se sabe que a la aparición de la menarquia en la joven, ésta era aislada para el blanqueo por un período de siete a diez días. Durante ese tiempo ingería solamente comida desabrida y agua, no podía tocar ni el piso ni ningún objeto, pues los dañaría, solo el shaman podía visitarla para realizar exorcismos que alejaran de ella las fuerzas dañinas. Por supuesto, al salir de tal aislamiento, la joven era candidata para ser desposada. El shaman, según la literatura (Wilbert, 1983), se distinguía del resto de la población por portar un collar de dientes de caimán y ejercían la curación de enfermedades soplando sobre la parte afectada a la vez que succionaba, fumaba tabaco y agitaba la maraca sagrada. La población añú era para 1982, según el censo indígena de esa fecha, de 2.612 personas; considérese, sin embargo, la dificultad para realizar una evaluación demográfica de un grupo cuya identidad socio-cultural y memoria colectiva están en crisis, crisis que se expresa palmariamente en el hecho de que sólo un número muy pequeño de personas hablan la lengua original, de que muchos de ellos niegan su pertenencia al grupo por razones de vergüenza étnica y de que la manera de vivir añú tiende a desaparecer dentro del proceso de homogeneización impulsado por la sociedad global. Recientemente, debido a la sedimentación de la laguna y a la gran proliferación de plantas acuáticas y algas, la pesca escasea, viendo así los añú reducidas sus posibilidades de subsistencia. La práctica de las artesanías (confección de esteras y cestas), así como la explotación del turismo, más o menos reciente, no bastan, en la actualidad, para garantizar la satisfacción de las necesidades crecientes de los añú, todo lo cual, unido a la permanente escasa disponibilidad de agua potable y a la aparición de enfermedades infecciosas en una escala amenazadora, hace que los añú abandonen la Laguna de Sinamaica para residenciarse en Maracaibo, contratarse como obreros en la construcción, en la industria petrolera o en cualquier otra actividad que pueda garantizar su existencia.

FUENTES ESPECÍFICAS: BAEZ, Leidy. «Tres Años de Amor y de Lucha por los Paraujanos». Panorama. Maracaibo: 8-12-1990, p. 2-9. CARMONA, Cástor E. «La Morada Indígena o la Libertad tiene Paredes de Enea». Panorama. Maracaibo: 28-8-1993. (suplemento Galería, p. 14). CODAZZI, Agustín. Resumen de la Geografía de Venezuela. Caracas: MEN, 1940. 3 Vols. FERNÁNDEZ, Alí. «La Mujer añú o Paraujana: Cortadora de Enea y Majagua». Pontonero. No. 2. Maracaibo: Abr.-May. 1990, p. 20. GELRUD, Caroll. «Los Paraujanos ya tienen su Museo Naval y de la Cultura». La Columna. Maracaibo: 23-12-1992, p. B-9. GOLDBERG, Jacqueline. «Las Cortadoras y Tejedoras de Enea: el Oficio de las Aguas». Universidad del Zulia. Maracaibo: 3-2-1991, p. 8. JAHN, Alfredo. Los Aborígenes del Occidente de Venezuela. Caracas: Monte Ávila Editores, 1973. 2 vols. LAYRISSE, Miguel y Johannes Wilbert. Indian Societies of Venezuela. Their Blood Group Types. Caracas: Fundación La Salle de Ciencias Naturales, Editorial Sucre, 1966. LOKOTKA, Cestmir. Classification of South American Indian Laguages. Los Angeles: University of California, Latin American Center, 1968. MONTIEL FERNÁNDEZ, Nemesio. «¿Hacia dónde van los Paraujanos?». Pano-rama. Maracaibo: 22-2-1986, p. 1-4. OVIEDO Y BAÑOS. Historia de la Conquista y Población de Venezuela. Caracas: Imp. de Navas Spínola, 1824. (Hay reediciones facsimilares). PATTE, Marie France. «De los añú». Amerindia No. 11. Suplemento 2. París: 1986. QUINTERO WEIR, José. «Casa-Árbol que Vive en el Agua». Dominios No. 1. [Cabimas]: Sep. 1990, p. 14-16. ROBLES, Isabel. «Los Sobrevivientes del Lago». Panorama. Maracaibo: 4-1-1992. (suplemento Galería, p. 6). SANOJA, Mario. «Datos Etnohistóricos del Lago de Maracaibo». Economía y Ciencias Sociales Año VIII No. Extraordinario. Caracas: 1966. SILVA GONZÁLEZ, Miguel. «Los Paraujanos y su Filiación Lingüística». La Columna. Maracaibo: 6-11-1992, p. A-8. VEGAMIAN, Félix María de. Cómo es la Guajira. Caracas: Tip. El Compás, 1951. VILLALOBOS, Giovanni. «Cultura añú». Crítica. Maracaibo: 6-12-1992, p. B-7. WAGNER, Erika. Los Pobladores Palafíticos de la Cuenca del Lago de Maracaibo. Caracas: Lagoven, 1980. WILBERT, Johannes. «Identificación Etnolingüística de las Tribus Indígenes del Occidente de Venezuela» en: Memoria de la Sociedad de Ciencias Naturales La Salle Tomo XXI No. 58. Caracas: 1961, p. 5-27. ______. «Los añú (Paraujano)» en: Los Aborígenes de Vene-zuela Vol. 2. Caracas: Fundación La Salle de Ciencias Naturales, 1983, p. 11-32.

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